EL CAUTIVERIO DE DIOS

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Hemos sido creados  a imagen y semejanza de Dios, el Altísimo colocó su creación bajo nuestro dominio, nos confió todo cuanto fue creado por El. (Gn. 1,26).

Al darnos vida nos marcó con una huella imborrable que nos une íntimamente a Su Persona, nos dio su Espíritu para que a medida que vayamos creciendo nos identifiquemos más con nuestro autor.

Lamentablemente mucho de nosotros en el transcurrir de los años hemos olvidado de dónde venimos y  buscamos la manera de opacar la voz del Creador que continuamente resuena en nuestro interior,  dando mayor importancia a la voz del mundo, a lo superficial que está lleno de placeres, egoísmos, entre otros. Nos domina el yo, sólo yo y mis caprichos  olvidando que dentro de sí existe un Ser que añora intensamente: amar, sonreír, hablar, crear, sanar a través de mí.

Cuando sentimos verdadero gozo,  es Dios que como niño en el vientre de la madre se mueve para recordar que ahí está.  En el momento en que vamos a tomar una decisión equivocada y escuchamos la  voz de la conciencia dando la respuesta correcta, es Dios que nos habla y nos pide que confiemos en El.

A quien nos creó no lo dejamos actuar, insistimos en hacer lo que nos proponemos, tristemente reprimimos su deseo de actuar en nosotros, no dejamos que nos siga formando, así como lo hace el alfarero con el barro cuando quiere realizar una obra maestra, no le permitimos que amase todo nuestro ser para ser mejor, forcejamos con El continuamente.

 Hermano (a) el Señor lucha incansablemente para que le permitamos actuar. Dejemos que invada  todo cuanto somos. Digamos: "Señor aquí estoy, toma posesión de mi".

Si decidimos  obrar según el Espíritu de Dios y nos damos todo cuanto somos, ese día estaremos dando  libertad al Dueño del amor que ha permanecido secuestrado en nuestro corazón, porque  querido (a) hermano (a) El cautiverio de Dios es tu propio corazón cuando no lo dejas actuar en ti.   LIBÉRALO y   así tú también encontrarás la verdadera libertad

Por: Hna. Ana Silva